Agnès Varda es la definición gráfica de “incombustible”. Nació como autora con la nouvelle vague, fue abanderada del cine galo más personal durante la segunda mitad del siglo XX y responsable de varios de los títulos más estimulantes del cine europeo de los últimos 50 años. Y atleta de fondo, practicante de una carrera insobornable que aún hoy -90 años cuenta la realizadora- sigue dando frutos enérgicos y energéticos. Ya considerábamos que Los espigadores y la espigadora, uno de sus más celebrados títulos, era una muestra de agilidad en una etapa creativa avanzada, pero es que desde entonces han pasado casi dos décadas y Varda aún sigue ahí: Caras y lugares ha sido su más reciente ejercicio de acercamiento del cine al hecho humanista. La mayor contribución en la idea de que el arte no es algo destinado a alimentar egos o a saciar necesidades socioculturales de las élites, sino algo que está en las calles, en las paredes, que crece entre las personas.

Literalmente. Caras y lugares es exactamente lo que propone su título. Aliada con el creador y fotógrafo francés JR documenta su periplo por la Francia rural mientras deja que la gente se exprese a través de su propia imagen. Ambos artistas se dedican a entrar en contacto con ellos, con los trabajadores, para fotografiar sus rostros y sus situaciones cotidianas y empapelan con copias gigantescas paredes, calles y edificios. Literalmente devuelven el arte a quien y donde corresponde (la gente, la calle) y por el camino muestran el nacimiento de una relación fructífera que va más allá de lo profesional: hay magma, afecto, comprensión y auténtica sinergia creativa en la unión insospechada de los dos personajes. El resultado es una especie de road movie entrañable, desenfadada y llena de momentos de una increíble profundidad humanista.

Por otro lado, Varda y JR trazan una línea intergeneracional que coloca la expresión artística como algo transversal, ajeno a tiempos, basado en el entendimiento y la cooperación, común a sensibilidades distintas nacidas en épocas separadas. Un ejercicio de empatía no exento de melancolía que irremediablemente conlleva un ajuste de cuentas con el pasado, materializado aquí en la (no) figura del (no) compañero Godard, (no) protagonista de una escena amargamente divertida, tremendamente significativa. Todo en este documental sosegado pero apasionante resulta así. Significativo. Porque como en las mejores películas de su realizadora cada plano, cada intención, cada enfoque ético y cada sugerencia estética rezuman autenticidad y sinceridad. Y eso, tratándose del ámbito del documental, y en los tiempos que corren, es un valor de incalculable importancia.

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