La escritora franco-marroquí Leïla Slimani abre su segunda novela -tras la celebrada En el jardín del ogro- con un suceso que lo deja a uno desmontado. Y que obviamente marcará el curso de la obra. El hallazgo, por parte de una madre, de sus dos hijos muertos, asesinados a manos de la niñera, que a su vez ha intentado suicidarse. Un arranque escalofriante que coloca al lector in media res pero que tratará de ser explicada y contextualizada en las siguientes páginas. Y es que con semejante sacudida en mente y con el alma aún en tembleque, el relato da un salto al pasado para contarnos todo lo que vino antes. El proceso de selección de la niñera, cómo esta se introduce en la familia, cómo se gana a sus miembros y cómo, poco a poco, va haciendo tambalear la estructura familiar. De este modo Slimani despliega un drama psicológico donde va encajando poco a poco unas piezas cuyo desenlace ya conocemos. Un relato de la clase alta parisina que se va tintando de incomodidad hasta convertirse casi en un thriller sobre la maternidad, el afecto y la conciliación de la vida laboral y la familia, nada de ello abordado de manera complaciente. Sobre la confianza mutua y los tirayaflojas afectivos que se producen en situaciones de creciente tensión, incluidos los juegos de alianzas e infidelidades. Un panorama francamente negro que la autora maneja con diabólica fluidez, aportando nuevas capas a sus personajes, una colección de individuos que van revelando inseguridades, miedos y contradicciones. Tejiendo con ello una maraña de relaciones que pasan de la sinceridad a la toxicidad con terrorífica comodidad. Una novela que se lee con adicción pero incomoda con la misma facilidad y cuyas bondades le han procurado a su autora el último premio Goncourt. Dos de dos en aciertos. Esto promete.