A Richard Ford no se le acaba la cuerda. Su ritmo de producción es sosegado pero seguro. Por eso su última novela, Canadá, cuenta ya siete años y aun así sigue irradiando la misma fuerza creativa que sus anteriores. Porque lo suyo es una carrera de fondo en pos de edificar un corpus literario de hormigón armado, sustentado sobre los pilares de su serie protagonizada por Frank Bascombe y sobre sus colecciones de relatos cortos, pero también sobre standalones como este.

Y menudo uno. De fibrosa estructura (en dos grandes bloques más una coda final que conecta con el principio), pormenorizada descripción de personajes y entornos y elegante manejo de los estímulos emocionales Canadá es un novelón capaz, por sí mismo, de sustentar una épica sosegada y una mítica propia. De conectar con las novelas de iniciación a partir de Salinger tanto como con el cine del nuevo Hollywood, el primero, el de finales de los 60, el de Altman y Arthur Penn. Es al mismo tiempo drama familiar y relato de maduración accidentada. La que lleva Berner y especialmente su hermano Dell, hijos de padres atracadores que terminan en la cárcel. A partir de ese hecho traumático, relatado en la primera parte del libro, se da pie a ese retrato de adolescencia truncada y madurez precipitada.

Ford tira de una prosa áspera y precisa, desnuda y, aun así, emocionante y poética. Sobria sin ser rígida, melancólica sin abusar de languidez ni impostura. Un posicionamiento que conecta con pasmosa fluidez el corazón de la historia con el del lector, que sabe transmitir lo agreste de los paisajes y las inclemencias de las vivencias de los protagonistas en un perfecto ejercicio de articulación del género americana aplicado a la literatura. Un viaje que nos lleva de Montana a Canadá a lomos de una historia sobre los lazos familiares, la fragilidad de las estructuras emotivas más básicas y la búsqueda de una nueva estabilidad emocional cuando aquello que debería ser la base de la educación se derrumba precipitadamente.

Inteligente y emocionante, sin dejar claro si debemos decantarnos más por una virtud que por la otra, Canadá es una de las cumbres de la literatura del nuevo siglo. Una confirmación -que no necesitábamos como tal- del talento de una de las personalidades más importantes (a la altura de un Philip Roth, de un Cormac McCarthy) de las letras americanas contemporáneas. Todo halago es poco y, al mismo tiempo, suena hinchado ante tamaña demostración de honestidad literaria y humildad artística.

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