Planteado como un viaje personal, tanto físico como hacia el interior de la propia autora, Cameraperson tiene así tanto de reflejo del mundo como de autorretrato. ¿Es Kristen Johnson, la directora, un personaje lo suficientemente interesante per se como para justificar semejante autoanálisis? Bueno, desde luego, a partir de ahora lo será. Hasta el momento la podíamos conocer por haber ejercido de directora de fotografía de algunos recientes documentales de éxito (The Invisible War, Citizenfour), pero lo que hace con Cameraperson va bastante más allá del narcisismo. Porque si cuenta cosas de si misma, las reviste de una sinceridad que, automáticamente, las universaliza. Y pronto el posible ejercicio onanista se convierte en apasionante magma creativo. Un discurso abierto de estructura múltiple, un documental aparentemente caótico pero que sigue distintas líneas a modo de subtramas que se aglutinan bajo una premisa: el mundo es un lugar diverso, conflictivo, jodido, luminoso y complicado, y es responsabilidad de las y los cineastas dar fe de ello. Por eso Johnson, convertida en su propia “mujer de la cámara” (no le falta tino a la referencia vertoviana del título), ha llevado su arma matafascismos hasta Nigeria, hasta Bosnia, hasta Uganda, Afganistán, Yemen. Lugares alejados, en los que la gente convive con el conflicto bélico o con la sombra pretérita del mismo. O la ha dejado en Nueva York, o en Texas, o junto a su madre, que está siendo reducida por el Alzheimer. Una mujer que convive en el metraje con víctimas de guerra, con madres adolescentes, con una comadrona en Nigeria, con un chaval afgano que ha perdido la visión de un ojo, con un boxeador frustrado de Brooklyn. Personajes que hablan y se expresan, o que muestran retales de su vida en planos silenciosos de lugares que fueron testimonio de matanzas y ejecuciones. Paisajes urbanos, entornos rurales de oriente y occidente, testimonios de costumbres, de religiones, de creencias que conforman un gran collage más expresivo que informativo. Un lienzo abierto, marcado más por sensaciones e ideas que por narraciones, en cierto modo apelando a una filia documental mucho más europea que americana, humanista pero sin el revestimiento new age de Godfrey Reggio. Una película que reflexiona también sobre la autoría, sobre la relación del creador con su obra y sobre los límites que separan la creación de la información, el cine del periodismo.
Así que en el fondo, sí, hay mucho de ejercicio de autoexamen en Cameraperson. Pero es porque la autora se sabe una persona más en el mundo, y si se merece atención (aun sin mostrar apenas un sólo plano de su cara) es porque, cree, todo el mundo la merece.