Hay quien dice que es el videojuego definitivo. No son pocos los que afirman que es el mejor de la Historia. Y sí, suena a titular hinchado y a afirmación demasiado osada, teniendo en cuenta que desde que se publicó Breath of the Wild hasta hoy mismo han pasado apenas dos años y medio. Imposible calibrar su impacto, como sí podemos hacerlo con Pac-Man, con Tetris, con Super Mario Bros. 3, Super Mario 64, Final Fantasy VII, Metal Gear Solid 2 o Half-Life 2. O con el mismo A Link to the Past. O con Ocarina of Time. Pero, desde luego, este Zelda ha sabido marcar una generación del mismo modo que lo hicieron estos dos últimos citados, en las épocas de Super Nintendo y Nintendo 64, respectivamente. Y lo ha hecho de manera voluptuosa, exuberante, pero desde la humildad. Desde la sencillez de los sistemas y mecánicas perfectos que lo caracterizan: se ha hablado del juego de mundo abierto más evolucionado. Simplemente, es el más sabio.

Porque cree en el jugador, le entrega libertad y sabe guiarlo sin cogerlo de la mano. Como tantas otras historias, como otros Zelda, este empieza con Link despertando. Levantándose como si fuera la primera vez (en este caso lo es en mucho tiempo) y saliendo ahí afuera. En 1987 el viaje iniciático lo marcaba una frase, “Es peligroso ir solo. Toma esta espada”. En 2017 fue la salida de una cueva y el descubrimiento del más radiante y vivo Hyrule jamás representado. Un mundo a disposición del jugador, pero no a su merced. Un lienzo infinito en el que ponerse creativo, o minucioso (para encontrar sus miles de secretos), un terreno perfecto para una de las más afinadas narrativas emergentes jamás planteadas. El enfoque sistémico de Breath of the Wild garantiza la sorpresa constante, el sense of wonder perpetuo. Y donde no, donde está un poco (sólo un poco) más diseñada con tiralíneas (en sus mazmorras, aquí llamadas Santuarios), resulta prodigiosamente ingeniosa.

Y sí, claro que hay un argumento, una nueva aventura muy en la línea clásica de la saga. Pero eso es, casi, lo de menos. En Breath of the Wild interesan mucho más las microhistorias, el lore que se va abriendo a poco que el jugador indague. Y sobre todo conmueve ese tono de majestuosidad aventurera, esa constante pureza emotiva, esa espectacular riqueza visual (la Switch, sin ser un prodigio técnico logra albergar aquí una voluptuosidad artística desbordante), la capacidad para siempre ofrecer cosas que hacer (explorar, planear, cazar, cocinar, galopar, nada es nuevo, pero todo parece inagotable) y esa perpetua voluntad de tratar al jugador como a un niño respetándolo como adulto.

Lleva dos años y medio con nosotros, pero nos acompañará siempre.

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