Poco podíamos imaginarnos cuando sonaban los primeros compases de BoJack Horseman que una (presunta) comedia animada protagonizada por un caballo antropomórfico y otra panda de animales parlanchines podría brindarnos tales niveles de emoción y dolor. En ese momento Raphael Bob-Waksberg y Lisa Hanawalt aún no nos sonaban demasiado, pero Netflix decidió apostar por ellos y con ello se labró parte de su inicial prestigio crítico.

De inicio BoJack Horseman parecía contentarse con el retrato ácido de la vida en Hollywood. Pero pronto sus premisas empezaron a alzar el vuelo, más allá de la pura sátira de la jet set más inconscientemente rancia. La serie refleja la vida de un actor de éxito en una serie de los 90 que actualmente lucha por no convertirse en un vestigio del pasado mientras se enfrenta a sus propias neuras, a su tendencia al desastre familiar y a su incapacidad por mantener un estilo de vida adulto, responsable y emocionalmente estable. Adicto y resacoso BoJack condensa en sí mismo el sino de los antihéroes de la ficción postmoderna: condenados a repetir sus errores, vocacionalmente autodestructivos e incapaces de encajar en una sociedad que, sí, es mucho mejor que ellos.

Por eso, como decía, deberíamos poner en cuarentena eso de que BoJack Horseman es una comedia. No es sólo que las risas que nos brinda a menudo se queden heladas en el rostro, es que, directamente, muchas veces decide abordar sus tramas desde una aproximación trágica. Así, las disgresiones sobre el éxito, la frustración, las expectativas vitales, la identidad, la adicción y la paternidad suelen resultar no tanto en un comentario divertido sobre las neuras de la sociedad contemporánea como en una visión sangrante de los perdedores y sus luchas por ganarse una dignidad en una sociedad hipócrita, capitalista y machista. De los ganadores y sus escrúpulos o falta de ellos. Y de la gente normal y su intento por no caer en la irrelevancia de sus propias vidas.

Y en fin, claro, también se permite el lujo de ser divertida. De manera negra y cínica pero divertida. Su reparto, encabezado por Will Arnett pero también formado por Aaron Paul, Alison Brie, Amy Sedaris y Paul F. Tompkins, así lo garantiza. Pero en cualquier caso, siempre opta por trastear con los sentimientos (de los personajes y el espectador) con un enfoque más maduro y sarcástico -y demoledor- de lo que suele practicar la comedia televisiva canónica.

Con su sexta temporada como cierre definitivo el recorrido de BoJack Horseman habrá sido, por qué no decirlo, un poco desigual. Hay temporadas más intachables y otras más irregulares. Pero el nivel global siempre ha sido excelente y cuando se ha puesto intensa lo ha sido de verdad. Momentos como la secuencia que cerraba la tercera (y mejor) temporada, el capítulo subacuático o el de la elegía en el tanatorio se cuentan entre los más geniales de la televisión reciente. No es poco.

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