Sigue instalada en el negro profundo la joven productora estadounidense Jerrilynn Patton, nombre humano de Jlin, con este Black Origami que nos la devuelve en un estado de forma física brutal tras su aplaudido debut, Dark Matter y algún que otro también celebrado EP. Un disco que supone una continuación de aquel, un puñado de nuevas ideas, una declaración de intenciones artísticas y un refinamiento de sonido al mismo tiempo. Jlin vuelve a partir de los preceptos del llamado footwork y ha facturado una obra aún más viciada y febril que la anterior. Ahora ya todo es concepto y ritmo, textura y atmósfera. Apenas hay melodía y lírica. Black Origami es puro estómago y músculo, un sofisticado entramado musical que fomenta el movimiento y la abstracción en el mismo, un sinuoso y carnal encuentro entre lo maquinal y lo orgánico, lo matemático y lo animal. Es un disparado torbellino de percusiones tradicionales y electrónicas que repiquetean, crepitan, percuten o atruenan, según. Riffs de percusión que destilan la furia marcial de las bandas universitarias -cascadas de timbales, cencerros y silbatos en “Hapshetsut” y “Challenge (To Be Continued)”-, trotes electrónicos o trenzados de tambores tribales que se infiltran bajo la piel. Metralletas y morteros aderezados con un frenesí de voces superpuestas que van de lo arcaico a lo esquizofrénico. Voces sampleadas, tratadas y disparadas al infinito mediante bucles cuasimísticos de mantras obsesivos (“Holy Child”, “Calcination”). Un tratado polirrítmico de tensión límite, oscuro pero no siempre agobiante; hay momentos de pura y visceral euforia en Black Origami. Momentos que invitan a dejarse llevar por el ritmo mientras se tiene en mente algún tipo de antiguo Dios oscuro que mueve los hilos. Un loquísimo pero hiperestudiado aquelarre que sostiene a Jlin en la pole de la música avanzada y que osa rivalizar con el de Arca como disco de electrónica mecánico-orgánica del año. Acojona y libera al mismo tiempo.