Si la sociedad continúa por la senda del agilipollamiento por la que parece que transita, tiene que seguir existiendo Black Mirror. Da igual dónde. No importa que Charlie Brooker haya tenido que mudar su creación a una Netflix que le ha producido la tercera temporada. Poco importa tampoco que los presupuestos sean más elevados, las cualidades cinematográficas más ambiciosas y el mercado potencial más amplio. Donde haya descontrol socio-tecnológico-moral -por llamarlo de alguna manera- debe haber quien lo ponga en solfa. Pero no lo olvidemos: Black Mirror sigue siendo Black Mirror, para lo bueno y para lo malo. Y en su tercer asalto los preceptos básicos se mantienen inalterados: temporadas breves en forma de antologías compuestas por capítulos autoconclusivos que funcionan como alegorías distópicas entorno a los males sociales relacionados con el crecimiento tecnológico y el uso irresponsable que hacemos de los nuevos medios de comunicación y entretenimiento. Y a pesar de que esta tercera temporada está compuesta por seis episodios que rondan la hora de duración las ambiciones dramáticas son idénticas: cuentos moralizantes, severos, en ocasiones trágicos, en otras empapados en un negrísimo humor. Siempre narrados desde un prisma de “ciencia-ficción cerebral” que parte de una deformación caricaturesca de nuestro presente.

Pero el resultado, como siempre, es algo irregular. Brooker demuestra ser un gran escritor, un hombre capaz de facturar guiones técnicamente impecables. Y al mismo tiempo prueba que es un tipo inteligente, aunque a menudo use esa inteligencia para reciclar conceptos dándoles un enfoque puramente contemporáneo… pero sin llegar a empaquetarlos en forma de producto realmente fresco. Sí, las cosas mejoran, y esta tercera temporada se sobrepone a la caída libre que experimentó la serie en su segunda campaña y que culminaba en el flojísimo episodio de Navidad emitido en diciembre de 2014. La serie sigue dotada del característico ingenio venenoso, pero también continúa lastrada por su habitual falta de sutileza y su abundante autoindulgencia. Sigue mostrando aquí y allá destellos de superioridad moral y se agarra a su galopante tecnofobia propia, eso sí, de los relatos distópicos más clásicos. Y da, como digo, una de cal y una de arena. Lucidez y empacho a partes iguales.

En la parte alta de la tabla, episodios como “San Junipero”, que aprovecha la fiebre del revival de los 80 para construir una melancólica reflexión sobre los paraísos virtuales. Déja vu, pero aun así atractiva. O “Nosedive” (dirigido por Joe Wright y protagonizado por Bryce Dallas Howard), que ironiza entorno a la dictadura del like generada y motivada por las redes sociales, una sátira de brocha gorda pero francamente divertida. O incluso “Playtest”, un estupendo homenaje a las cintas de terror de los 80 -ojo a la elección de su protagonista: Wyatt Russell, hijo de Kurt– magníficamente dirigido por Dan Trachtenberg y dotado de un desprejuiciado y lúdico tremendismo ácrata.

Menos afortunados son “Shut Up and Dance”, una fábula de poder, nueva -y sobada- parábola del gran hermano orwelliano, que concluye como un cuento aleccionador prefabricado e histriónico. O “Men Against Fire”, otra aproximación a las teorías de la eugenesia desde un efectista prisma de terror bélico. O “Hated in the Nation”, un policíaco demasiado alargado que se postula como un expediente X del montón, solo que con el obligado comentario social, este entorno a la popularidad mediática.

A pesar de todo Black Mirror seguirá cautivando al público, por supuesto. Y bien, porque por un lado siempre se agradecen productos tan bien acabados -la factura es extraordinaria- y al mismo tiempo imbuidos de una personalidad propia. Por otro, necesitamos una ficción audiovisual tan claramente enfocada al thought-provoking. Especialmente cuando este se centra en criticar a un cierto orden establecido. Pero tengamos algo en cuenta. Nos gusta que “la sociedad” sea castigada mientras probablemente nosotros perderemos el culo por publicar en las redes sociales lo buena que es la serie. Nos reconforta pensar que el dedo que señala no lo hace a nosotros. Pero desde luego hay un dedo que señala… y aunque no lo creamos se posa en nosotros. En ese espacio de contradicción habita la creación de Charlie Brooker, y eso está bien, siempre que sepamos relativizar el permanente síndrome de regañina que parece poseer al guionista. El problema es que a menudo dicha contradicción no se nos sirve de manera sutil, sino que se nos lanza como un tartazo en todo el rostro. Y a mí, aunque me guste el dulce, eso me toca un poco las narices, la verdad.