Jeff Lemire sigue saltándose a la torera las (absurdas, si es que existen) divisiones entre el tebeo de autor y el mainstream y se pone notablemente juguetón con uno de sus últimos proyectos personales para Dark Horse. Black Hammer es cómic de superhéroes, pero también reflexión melancólica entorno al impacto del paso del tiempo sobre el medio. A partir de una premisa más o menos atractiva construye un estudio de personajes admirable y también un homenaje nada estéril a la Historia del tebeo pijamero: un grupo de superhéroes se enfrentaron tiempo atrás con la amenaza definitiva. Un combate que los dejó fuera de juego y les obligó a retirarse a un pequeño pueblo de la América rural. Un conjunto de personajes que le sirven al autor para dar su propia visión, reverencial, socarrona y melancólica al mismo tiempo, de los superhéroes clásicos. Especialmente los de la Edad de Oro, pero también todo lo que vino después: entre esta panda hay sosias del Detective Marciano, del Capitán Marvel, de Tom Strong… y también de Capitán América o Thor. Ello le confiere al artefacto una capacidad lúdica cercana al Astro City de Busiek o al Alan Moore más pendiente del homenaje pulp. Una relectura donde se barajan tropos superheroicos, ciencia ficción y magia. Pero también humor, sociología pueblerina, paranoia y gótico sureño. La aventura cotidiana de unos tipos intentándose readaptar en un mundo “normal” bajo una forma que no es la propia, jugando a ser otras personas, a parecer normales. A casar con el way of life. Un estupendo tebeo que en todo momento parece querer estar a medio camino de todo, una sensación entre la calma y el desasosiego, entre la aventura y la rutina a la que le sienta estupendamente el resultón dibujo, un tanto mignolesco en el tratamiento de luces y sombras, de Dean Ormston. Potente nueva serie, en fin.