Si 2018 fue el año de Donald Glover fue, entre otras cosas, por Atlanta. Sí, su alter ego Childish Gambino es capaz de facturar buenas canciones de rap, su video para “This Is America” bajo ese mismo alias es una auténtica brutalidad. Y parece que allá donde se mete (Solo) alegra un poco el cotarro a base de ese carisma casi deadpan. Pero donde Glover está explotando de verdad su talento, el producto que lo está haciendo crecer de verdad como artista es Atlanta, el monumento definitivo de un auténtico hombre del renacimiento.

Atlanta se nos presentó de entrada, en la cadena FX, como una suerte de radiografía de la escena hip hop undergrond que cobija la ciudad que da título a la serie. Pero eso sólo fue un caballo de troya. Por supuesto, Glover se fija en el mundillo, especialmente a través de la figura de Big Boi, ese rapero a medio camino del estrellato y la irrelevancia a quien da vida Brian Tyree Henry. Pero lo que realmente le importa son todas las circunstancias y personajes que se arremolinan entorno a él y su mánager, interpretado por él mismo. El retrato social de las clases medias y bajas (la falta de glamour de Big Boi es desarmante) y la descripción más o menos humanista, más o menos paródica.

Atlanta se presenta como un fresco de narrativa libre que no se resigna a autolimitarse ni siquiera por sus propios preceptos. Se desliga de líneas argumentales extensas y opera más o menos por donde le da la gana, centrándose en los personajes secundarios que crea conveniente, construyendo episodios temáticos y oscilando entre el hiperrealismo y una especie de fantasía a pincelazos. Entre la comedia, el drama y el surrealismo, entre lo cotidiano y lo extraño: lo único que le importa es transmitir mensajes de la mejor manera posible. Mensajes relacionados con el conflicto racial, pero también con los colaterales de la fama, con la familia, el amor, las luchas económicas y laborales y la responsabilidad paternal.

Atlanta es, en fin, mucho más que una serie sobre hip hop. Es también un producto cinematográfico de primera clase (el escudero Hiro Murai y la actriz y directora Amy Seimetz garantizan en todos sus episodios un trabajo de realización sobresaliente), un impresionante cuadro humano que seguirá creciendo y creciendo hasta no sabemos muy bien dónde.

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