El curriculum de Donald Glover hace tiempo que impresiona lo suyo, pero hasta ahora le faltaba el definitivo zasca. Guionista, actor, rapero, de él se decía que tiene una mente privilegiada y un olfato guionístico impecable. El mismísimo Dan Harmon se deshacía en elogios y poco menos que lo colocaba como el auténtico genio en la sombra durante las épocas de Community. Ahora, el diminuto Childish Gambino (ese es su nombre de batalla en las trincheras del hip hop) ha encontrado su propia parcela expresiva y, sí, parece que va a dar su definitivo golpe sobre la mesa. Atlanta es su auténtica puesta de largo. Una serie de formato pequeño (25 minutos por episodio sin ser exactamente una comedia) y ambiciones formales muy cinematográficas que germina a partir de una idea suya. Y que él mismo protagoniza. El actor interpreta aquí a un joven con estudios universitarios que, sin embargo, malvive como puede. Y que con el pago del alquiler mordiéndole el culo cada mes y una bebé a la que educar decide dar un salto sin red. Convertirse en el mánager de su primo, estrella emergente del rap que empieza a petar bastante en la escena de Atlanta. Con semejante premisa, y gracias a su posicionamiento ético/estético -cerebral, sensible y visceral, todo en su justa medida-, la cosa está ya ganada. Atlanta tiene tanto de retrato concienzudo de una comunidad empobrecida que lucha por guardar su dignidad como de visión fresca, viva y personal del do it yourself en la industria hiphopera. Glover imprime rigor descriptivo y humanidad. Costumbrismo y comedia. Y presenta a un grupo de personajes creíbles y entrañables. Con sólo dos episodios lanzados al aire, Atlanta pinta a versión de bolsillo y rejuvenecida de cualquiera de los soberbios dramas de David Simon. Un vistazo a un caldo de cultivo humano a través de sus voluntades de renacer de las cenizas mediante sus expresiones culturales populares. Si todo sigue así, tenemos obra maestra.