Los paralelismos siempre fueron evidentes, y las equiparaciones hasta cierto punto comprensibles. Pero con los años Hirokazu Koreeda se ha ido labrando una personalidad, un carácter y una fuerza dramática que lo ha distinguido como autor por derecho propio, alejado de la sempiterna comparación con el maestro Yasujiro Ozu. Seguir definiéndolo como el mejor heredero vivo del autor de Cuentos de Tokio es un enorme halago, pero también un  ejercicio de reduccionismo algo injusto. Los hechos, por simples, cantan: su carrera es sencillamente deslumbrante.

Con Un asunto de familia además encontró un punto álgido. Volvió a fijarse en uno de sus temas centrales, la familia, y de nuevo hizo uso de algunos de los recursos dramáticos que mejor domina, como esa combinación tragicómica de costumbrismo, humor y drama de problemática social. Pero en este caso la historia se presentaba más potente que nunca, y la apuesta formal resultaba increíblemente depurada. El acercamiento del director a los problemas de raigambre social era en este caso más sutil y más interesante, más rico en matices y más emotivo (en positivo y en negativo). No era para menos. El argumento se centraba en una familia poco convencional (alguien que no fuera Koreeda podría osar en llamarla desestructurada) que sobrevivía hurtando artículos en tienduchas. A ella llegaba una niña sin familia que, lejos de poner patas arriba el statu quo, era adoptada con naturalidad. El terremoto vendría después, cuando oscuros secretos del pasado.

Koreeda racionaba la información con mano maestra, pero lejos de caer en el tremendismo de la descripción de la miseria y de los giros de un guión, al final, truculento, mecía su narración con una suavidad desarmante. Sí, había negrura en los intersticios de aquella historia, pero las descripciones de personajes y escenas cotidianas estaban tan bien talladas que terminaban desactivando toda amenaza de bomba sentimentaloide. Al final el resultado era honesto, sin paños calientes, pero dispuesto a -que no obsesionado en- agradar. Y el mensaje, claro y sencillo, pura modernidad en un envoltorio de clasicismo japonés: a menudo la felicidad se encuentra en la infelicidad, y la belleza en ocasiones aparece en los lugares más insospechados. En este caso, en una familia que pulverizaba el concepto de normativo. ¿Hay algo más siglo XXI que eso?

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