Mucho se ha hablado de lo única, personal y renovadora que resulta la voz literaria del dominicano-estadounidense Junot Díaz. Y es así porque en su, aún breve, cuerpo creativo se impone una suerte de controlada anarquía estilística que hace de sus textos un auténtico caleidoscopio lingüístico de hechuras spanglish: su única novela, La maravillosa vida breve de Oscar Wao es tan mutante como una antología de relatos. Mientras que sus colecciones de historias breves tienen un carácter unitario que podrían hacerlas pasar por una única novela. Especialmente en Así es como la pierdes, una conjunción de estampas que son furia e histeria cómica, caos y melodrama latino, pero también retrato de un único microcosmos poblado por personajes muy concretos, como esa especie de alterego transversal llamado Yunior.

Personajes de un entorno latinoamericano urbano con fuerza e impacto sísmicos. Que se esfuerzan no tanto por encajar en el mundo como por hacer encajar su mundo en el del resto. En el fondo son seres que juegan a juegos de máscaras y pretenden hacer creer al resto de la gente que no están tan desvalidos como ellos. Personajes macarras y descreídos, pero también frágiles, vulnerables al dolor, a la enfermedad y la pérdida. Por aquí va Así es como la pierdes, retrato muy agridulce de juventud, poblado de sexo e infidelidades, lazos familiares y odios, amor drogas y muerte. Para Díaz, con todo, nunca se debe abandonar la esperanza. Su visión es honesta pero nada miserabilista. Desarma, sí, y duele, también. Pero, aunque en estos nueve relatos hable de la soledad, de la traición, de los celos y de todas esas cosas que nos significan como humanos (más que como personajes sociales) nunca pierde de vista la dignidad.

Ni la electricidad. Su lenguaje, como decía, se muestra siempre magmático. A nivel formal es un torbellino (maravillosamente adaptado para el mercado latino, de nuevo, por la escritora cubana Achy Obejas) y logra arrastrar al lector hacia ese entorno urbano latino aplastante, exuberante, tierno, bronco y sexual. En la búsqueda de la identidad de sus personajes el escritor refleja una suerte de polifonía léxica que aporta el calor y el color a unas historias tan aparentemente veloces y atropelladas como concienzudamente emotivas. Así es como la pierdes es finísima observación social para un manojo de vehículos narrativos de una prosa callejera insospechada, sorprendentemente delicada.

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