Con Mi pequeño, El hombre que se dejó crecer la barba y Mowgli en el espejo, Arsène Schrauwen forma un cuarteto al que se hace francamente difícil toserle. Es el contacto que tenemos por ahora en España con la obra (por otro lado tampoco mucho más extensa) de Olivier Schrauwen, autor belga de etiqueta negra que está llevando el cómic (más o menos) de vanguardia hacia nuevos y excitantes lugares. Con él ya no se trata sólo de retorcer el lenguaje expresivo, de sorprender con un quiebro en cada recodo de la narración, de liberar los compromisos estilísticos para no ligarse a nada más que su propia concepción de la narrativa secuenciada. No, Schrauwen consigue siempre transmitir una emoción genuina. Que a menudo nace de la reflexión intelectual, sí, pero que en cualquier caso recorre todos los momentos de sus historias y se mete bajo la piel del lector. Especialmente en esta especie de melodrama postmoderno y crónica fabulada de la vida y milagros de su propio abuelo durante los años 40, cuando emigró a las colonias y descubrió el amor. Una historia en la que en lo gráfico parece más contenido (en planificación; en color), pero en lo simbólico dispara ideas sugerentes en todas direcciones y con una cantidad de significados y capas de interpretación asombrosa. Le enciende a uno las neuronas y cuando está todo funcionando a pleno rendimiento, suelta una historia preciosa, delirante y sutil al mismo tiempo; la de un viaje febril, misterioso y atmosférico. Marcado por el calor bochornoso y el delirio tropical. Una aventura que navega con rumbo fijo a pesar de que a veces parezca que la cosa se empantana en sus propios sueños, en sus fabulaciones y en sus invenciones, a medio camino entre lo creíble y lo hiperbólico. Un cómic soberbio que finiquita ahora Fulgencio Pimentel con la publicación de su tercera y última entrega, provisional culminación de la obra de uno de los autores top en la vanguardia tebeística actual.