En su concepto Ape Out es sustracción pura. Reducción salvaje del discurso hasta articular su mínima esencia para alcanzar su máxima expresión. Esto es: un argumento mínimo, un gorila escapando de su cautiverio y machacando a cualquier guardia que se le ponga por delante. Y un sistema de mecánicas peladísimo; acción a dos joysticks (a lo twin stick shooter, por lo menos en Switch) basado en avanzar de izquierda a derecha, buscando la salida en un escenario laberíntico generado aleatoriamente en plano cenital y articulando cuatro verbos básicos: correr, agarrar (cuerpos), lanzar (los cuerpos) y atacar (en melee).

Y funciona como un tiro. Ape Out es gameplay infalible e hipermesurado. Principalmente sencillo, pero que va incorporando al esquema nuevas acciones determinantes: arrancar puertas, usar coberturas para esconderse o desplazarse en modo sigilo, soslayando la confrontación y evitando la posibilidad de recibir un tiro fatal. Son momentos de pausa puntual (muy tensa, eso sí) en medio de un frenesí caótico arrollador, precipitado en catarata hacia la pura adicción. Ape Out ofrece lo que promete en su título (juego de palabras que baraja los conceptos de un simio a la fuga y una absoluta pérdida de papeles) y resulta brutalmente animal, desesperado, loquísimo y casi descerebrado.

Bien, todo esto haría del juego de Gabe Cuzzillo un título sólido e interesante. Pero no es el caso. O no solamente. Porque lo que convierte a Ape Out en una experiencia alucinante digna de, por lo menos, ser vivida una vez, es su apartado artístico y cómo este dialoga con el gameplay. El autor imprime al asunto una identidad visual irresistible, de toques sesenteros, muy reminiscente de los títulos de crédito de Saul Bass o de algunas portadas de los discos del sello Blue Note. Lo cual resulta perfectamente lógico, en consonancia con la banda sonora, jazz de percusión mutante que va cambiando con el gameplay, adaptándose a los paseos entre pasillos y las explosiones craneales de las víctimas del gorila. Ape Out es, ante todo, un frenesí de percusiones imprevisibles combinado con un apartado visual simple (pero no sencillo), de colores planos, marcadísimos contrastes de iluminación y cromatismo y un grano duro como el cemento. Es casi una oda a lo analógico, al sonido de sartén y al celuloide añejo.

La sensación esencial es de euforia. También hay frustración y una cierta repetición ocasional, pero pronto todo lo malo queda aplastado bajo el simple peso de los puños de nuestro gorila y por los motivos artísticos de este locurón brutal, ultraviolento, pero tremendamente estilizado. Uno de los must indies del primer tercio del año.