Si uno se lanza a adaptar para el cine a Jane Austen lo más probable es que cumpla alguno de estos requisitos: que sea un oportunista (o mercenario de una productora oportunista) consciente de que esto suele funcionar bien, que tenga cosas realmente interesantes que aportar o bien que le dé un poco igual todo y, simplemente, tenga un interés creativo en la obra de la británica sin importarle la actual sobresaturación de adaptaciones y contra-adaptaciones. Desde luego no hay más que echar un vistazo a la obra del realizador Whit Stillman para convenir que no hace lo que hace por contentar a las masas ni por subirse al carro de lo ya conocido. Me inclino a pensar que, simplemente, se la sopla. Y de rebote resulta que además sí tiene cosas interesantes que decir sobre Lady Susan, primer relato conocido de la escritora. Su aproximación capta perfectamente esa, digamos, “rigurosa ligereza” que caracterizaba al grueso de la obra austeniana. En esas, Amor y amistad es una película marcada por una ambientación exquisita, un vestuario fastuoso y una disciplina cinematográfica casi neoclásica… pero también es una obra divertida, sofisticada y ligera, fresca y chisporroteante. Un cortocircuito entre la ortodoxia y un sentido moderno de la comedia. Por buscar paralelismos, podríamos decir que Amor y amistad es tan divertida y juguetona como Las amistades peligrosas (aunque mucho menos ácrata), tan estimulante como como ciertas películas de Peter Greenaway (pero menos iconoclasta) y tan fresca como la María Antonieta coppoliana, aunque mucho menos postmoderna -y caprichosa-. Desde luego, es mucho más sustanciosa que el noventa por ciento de las recientes adaptaciones de los clásicos de la literatura decimonónica: sus diálogos están cargados de fina ironía, las acciones de los personajes pivotan entre lo honesto y lo socarrón y las intrigas sentimentales nunca terminan imponiendo el melodrama. Como experimento formal es un éxito para un Stillman que por primera vez se monta en el cine de época y logra una puesta en escena que no huye de lo teatral mientras al mismo tiempo juega estupendamente bien con las herramientas más puramente cinematográficas. Y en lo interpretativo vuelve a reunir a Kate Beckisale y Chloë Sevigny, que ya compartían plano en su The Last Days of Disco hace casi dos décadas, y aquí se muestran más que espléndidas. Una manera fresca de abordar el costume drama sin abandonar las formas clásicas.