El ala rota nace como un acto de justicia. En 2009 El arte de volar contaba el oscuro siglo XX de una España convulsa a través del relato biográfico de Antonio Altarriba Lope, padre de Antonio Altarriba, el autor del texto. El tebeo, dibujado por Kim, pasaba por ser una de las mejores publicaciones de ese año y le regalaba a los autores un más que merecido Premio Nacional del Cómic. El consenso era claro: El arte de volar resultaba una obra mayor y una novela gráfica necesaria. Pero no contaba toda la historia. Faltaba un reverso inmerecidamente olvidado: el que protagoniza la madre del autor, fantasma que sobrevolaba la vida de Altarriba padre, que a la postre marcaba su destino pero que había sido, por descuidado, injustamente tratado. Un error que percibió el propio autor al poco de presentar la obra y que viene a subsanar con este su reverso, una El ala rota que se centra en la vida de Petra y su periplo desde una concepción marcada por la muerte (la madre fallecía al dar luz) y el dolor (cegado por la rabia el padre lisiaba el brazo del bebé de por vida; de ahí parte del significado de “ala rota”). Un nacimiento traumático que sin embargo deviene en un ejemplo de integridad y fuerza humana: profundamente religiosa y tremendamente virtuosa, esta Petra aparece descrita como una mujer rotunda y decidida, que no se deja pisar y defiende sus derechos en una sociedad que pretendía escatimárselos, desde el pueblo hasta la familia militar para la que se emplea como sirvienta. Ese pútrido caldo de cultivo institucional que se fraguó en la España de la postguerra y la dictadura. Si bien el tebeo empieza en 1914 y concluye en 1998, es la etapa negra la que capitaliza el relato. Esa que estaba poblada de caciques, sátrapas y beatos al amparo de un régimen que legitimaba cualquier conducta siempre que estuviera acogida a la idea de la patria y la mirada de Dios. Que perseguía inclemente a cualquier ideología sospechosa de una mínima disidencia -rojos, monárquicos fuera o dentro del propio estamento- mientras se emborrachaba de su propia mediocridad política.

En fin, esa España. Un país, no obstante, habitado también por gente como Petra, aquellos que estaban en medio, el pueblo. Los que se limitaban a vivir bajos sus propias convicciones sin tratar de inmiscuirse en los asuntos de lo ideológico, esos personajes que, como afirma el autor se encontraban “en la trastienda histórica”. Entorno a ellos El ala rota es rico en descripciones matizadas y nunca cae en el maniqueísmo. Al contrario. Prefiere utilizar un tremendo trabajo de documentación y su afilado ojo crítico para describir personas de verdad, vidas auténticas y emociones reales. Y también para reflexionar una vez más sobre la memoria, los lazos familiares y esos mayores a los que nunca prestamos atención y que pueden encerrar historias de vida apasionantes (no en vano Altarriba no descubrió la lesión permanente de su madre hasta el momento de su fallecimiento). Y para significar a la mujer dentro de una Historia que siempre le ha reservado un papel injusto e injustificablemente irrelevante. También en eso El ala rota es -además de un soberbio tebeo- un acto de justicia.