Journey dejaba huella. Emocional. Llegaba a tu vida y se instalaba ahí de manera sutil, con la ausencia de palabras que lo caracterizaba, su epatante sentido artístico y un enorme catálogo expresivo que cuidaba tanto lo visual como lo auditivo. Journey ponía a todo el mundo de acuerdo en el absurdo debate que pretende decidir si los videojuegos son un arte y quedaba para la posteridad como una pieza clave en el proceso de maduración de una disciplina narrativa que ofrece contexto, historia y emoción a partes iguales. Matt Nava, uno de sus responsables -también de otra maravilla videolúdica: Flower-, retoma el flow (¡ja!) de ambos y lo sumerge un buen puñado de metros bajo el agua hasta las fosas marinas. Mantiene las constantes de su obra maestra y repite éxito, colocándose con suavidad en ese centro neuronal del jugador, el que libera el gozo, el éxtasis estético y finalmente la catarsis. De manera más sucinta: Abzû es uno de los juegos más liberadores y hermosos vistos en mucho tiempo. Desligado de una narrativa clara y directa, no cuenta claramente su historia vertebral, sino que la va mostrando muy sutilmente sin apoyarse en textos ni en diálogos. El jugador simplemente se mete en la piel de un buceador -un ser no humano- y se deja engullir por las profundidades, donde descubre un mundo de una belleza natural abrumadora, basada en el mundo real pero con un aire casi alienígena. Un entorno poblado de animales conocidos, criaturas prehistóricas y tecnologías ajenas a la humanidad.

El progreso se produce “limpiando” cada zona, revelando vestigios de una civilización olvidada, para pasar a la siguiente área. Los retos a asumir son más bien pocos. Los desafíos, en forma de puzles, asequibles y sencillos. No se trata de eso, sino de dejar que el agua nos entre por los poros, de disolvernos en la sal marina. De establecer una sinergia con el entorno, de comunicarnos con las decenas de especies subacuáticas, de encontrar una suerte de comunión con nuestros únicos companions, un pequeño robotito submarino ocasional y un gran tiburón blanco. De dejarse ir buceando libre, remolcado por un delfín o surfeando una corriente. Abzû es una experiencia tranquila pero intensa, que no marca un ritmo sino que permite al jugador encontrar el suyo propio. Un juego meditativo, relajante, sereno -excepto en una parte especialmente estresante- y en varias ocasiones catártico donde las emociones fuertes no provienen de las mecánicas sino del contacto con entornos majestuosos que despliegan toda su belleza ante los ojos del jugador. Una emoción desbordante a la que contribuye una banda sonora embriagadora, preciosa, obra de Austin Wintory, también responsable de la maravillosa partitura de Journey.

Abzû no es para todos, aunque tiene todos los ingredientes para serlo: probablemente enervará a los más impacientes, pero todos aquellos que ven al videojuego como un terreno de expresión artística y emocional encontrarán una experiencia envolvente, mágica, íntima y enormemente lírica. Uno de los must play de la cosecha indie 2016.