Pues ya está. Se acabó el D’A con la nota final de Isaki Lacuesta (que clausuraba con la celebrada La propera pell) y nos vamos de ahí como cada año lo hacemos: con una sobredosis y un colocón de buen cine de aúpa. Hemos engullido mucho y muy bueno, un generoso puñado de títulos que nos ayudarán a afrontar el duro invierno que supone el verano. Sí, en los próximos meses las carteleras van a coparse de blockbusters estivales -algunos potables, otros probablemente inenarrables- pero nosotros ya iremos inmunizados con lo que hemos vivido -mucho e intenso- en estos últimos diez días barceloneses. Permitidnos que hagamos un pequeño remembering, hagamos un repaso mental y armemos algo así como una especie de podio alternativo. Porque sí, tras la entrega de premios Oleg y las raras artes, John From, Baden Baden y Happy Hour han sido justamente reconocidas. Pero nosotros queremos poner un acento sobre otros cinco títulos que (por lo que sea, algunos directamente por no estar en sección oficial) no han recibido premio. Y que aun no ser quizá los mejores, nos apetecía rescatarlos y evitar que cayeran en saco roto. Estos son:

Chronic, de Michel Franco
Discutida a causa de su controvertido final (el cual ciertamente despierta algunas dudas), la propuesta de Michel Franco, mejor guión en Cannes, deja para el recuerdo algunas escenas de un silencioso dolor, momentos de emotividad al límite y, por encima de todas las cosas, un Tim Roth extraordinario. Sí, Franco nos ha redescubierto al mejor Roth, que sabe capturar en su rostro triste toda la pesadumbre de su personaje para canalizarla a través de su cuerpo de un modo casi sublime. Y todo lo demás lo acompaña, claro: Franco se confirma como una especie de radiólogo de las emociones más profundas pero también más calladas, huye de aspavientos dramáticos y acomete un tema espinoso -las relaciones entre los enfermos terminales y su cuidador- de la manera más sensata posible. Evitando lugares comunes, ideas preconcebidas y recargados temáticos y estilísticos. Una película seca y cortante, pero no fría.

Demon, de Marcin Wrona
Drama desconcertante enmarcado en un relato de terror. Comedia negra con tintes sobrenaturales. Thriller de fantasmas con coartada costumbrista. Cualquier definición le puede sentar bien a esta pequeña sorpresa llegada desde Polonia que demuestra que no hay argumentos trillados sino enfoques desgastados. La premisa no es original (al remover las tierras que serán suelo de su futuro nido conyugal un tipo da con un antiguo cementerio y pronto empezarán a suceder hechos extraños), pero el modo en que tiene el realizador Marcin Wrona de presentarlo sí parece fresco: los hechos suceden en los festejos de la boda de la pareja, donde todo va volviéndose febril, enrarecido, produciéndose una escalada de considerable mal rollo, con pequeñas rendijas por donde se cuela una especie de comedia que no hace sino aumentar la inquietud de todo el asunto. Pequeña, modesta y poderosa en sensaciones. Y con un punto Lars von Trier de principios de los 90.

Cosmos, de Andrzej Żuławski
El testamento cinematográfico del mítico realizador polaco dejó a media sala descolocada con una propuesta de ¿humor? y ¿mal rollo? que tan pronto apela (explícitamente) a Pasolini como cita a David Lynch vía una banda sonora twinpeaksiana, evoca el fantasma de Berlanga, y guiña a la nouvelle vague más anárquica, la de, qué sé yo, Pierrot le fou. Un cuento perverso, malsano, pero también de hilaridad liberadora que no deja títere con cabeza en el mundillo de la alta sociedad y el pijerío cultural. Aquí no se libran ni las ricachonas insatisfechas, ni los aspirantes a escritor torturado, ni siquiera las criadas. Y a pesar de todo, hay calidez y ternura en esta caterva de personajes chiflados. Una película que, a pesar de los evidentes referentes, respira su propio aire y nos deja el cuerpo entumecido por la tristeza de que su responsable haya desaparecido.

Kaili Blues, de Bi Gan
Se ha comparado la ópera prima del chino Bi Gan con el cine de Jia Zhang Ke. Podría ser. Pero si a algún otro realizador nos recuerda este poderoso retrato a medio camino de lo costumbrista y lo místico, es a Apichatpong Weerasethakul. En Kaili Blues se respira una atmósfera muy palpable, muy real, pero también poética, onírica, para narrar el viaje que emprende un médico a lo largo de una enorme región de la China rural. Un golpe sobre la mesa autoral sabiamente contado y escenificado, articulado entorno e un asombroso momento central tan bien tensado como excitante. Un increíble y larguísimo plano secuencia que resulta en un enorme esfuerzo técnico pero especialmente en un prodigio narrativo que le deja a uno con la boca abierta y las neuronas revueltas. Y esto resulta que es sólo el principio de una carrera que se anticipa interesantísima.

Taklub, de Brillante Mendoza
El más importante referente del cine filipino hoy por hoy vuelve con fuerza tras la desconcertante -lo cual no es malo de por si- Possession, aquella cosa que dejó a casi todo el mundo sin saber muy bien qué pensar ni dónde mirar exactamente. Aquí el director se centra en los estragos del tifón Haiyan (aka Yolanda) para armar la historia de un pueblo que pretende reconstruirse, escapar de la miseria y resulta incapaz. Familias que malviven, que son azotadas una vez más por la tragedia y que, a pesar de todo, se ven obligadas a tirar para adelante sin pararse a autocompadecerse. Mendoza captura la tragedia y la luz en una película con formas de documental y que desprende a cada minuto una extraña y tristísima belleza.