Iniciamos con este artículo una extensa serie que se prolongará durante todo 2019 y pretende ofrecer una panorámica entorno a la mejor producción cultural que nos deja la segunda década del siglo XXI. A razón de a un título de cada categoría al mes, a finales de año deberemos tener publicadas en esta web doce reseñas retrospectivas de libros, cómics, películas, series de televisión, discos y videojuegos. Nuestros doce preferidos de cada disciplina en un cuadro global que quizá no reflejará absolutamente todo lo mejor (la exhaustividad es imposible) pero que sí dará cuenta de gran parte de la cultura que ha marcado los últimos diez años.

La serie Louie abre fuego.

 

Antes del escarnio público y consiguiente ostracismo Louis CK era uno de los tipos más interesantes que pululaban por el ruedo televisivo. Algunos de sus stand-up y especiales ya son legendarios, y su Lucky Louie para HBO ya dejaba traslucir algunas de sus idiosincrasias cómicas, a pesar de un formato caduco y un resultado global aún infracocinado. Justo antes de su lapidación entregaría Horace and Pete y ejercería de ideólogo de la también afiladísima Better Things junto a su inseparable Pamela Adlon. Pero una columna vertebral indestructible recorre su excelsa carrera, condiciona todo su ideario creativo y se destaca, a la postre, como su obra magna. Louie.

Truncada tras su quinta temporada la serie incidía de nuevo sobre esa nueva corriente de autoficción aportando más capas a los planteamientos cómicos de gente como Larry David. CK supo trascender su propio formato para disparar su concepto del humor hacia lo dramático, lo reflexivo y, en sus mejores y más celebrados momentos, lo humanista. Para ello pareció concederse toda la libertad que le dio la gana (la cadena FX no se mostró muy pejiguera) y tocó varios palos construyendo un discurso que podía mutar, en tono y planteamientos narrativos, de un episodio a otro o incluso durante el transcurso de uno mismo. El resultado no fue una amalgama descabezada de estilos, ni siquiera un producto empeñado en sorprender a cada requiebro argumental. Sino una serie cohesiva que no quería casarse con nadie y sólo obedecía a sus propios objetivos y filosofías.

Con ello Louie construyó un retrato postmoderno, vivo y profundamente emotivo del eterno padre divorciado, neoyorkino y de profesión liberal. Pero también un acercamiento desnudo, triste y al mismo tiempo tronchante al amor de repesca, a la paternidad, al compañerismo gremial, a los primeros achaques de la edad y a la muerte. A la educación adolescente, los impulsos masculinos más primarios (ay) y en general al cambio de paradigmas éticos en un ambiente urbano contemporáneo. Polémicas al margen, el del Louis CK creador ha sido, y de momento continúa siendo, uno de los posicionamientos éticos más sólidos, empáticos y progresistas que existe en la televisión moderna.