Resulta cuanto menos curiosa la coincidencia de dos lanzamientos, con escasos días de diferencia, de similar contexto pero ambiciones y resultados que no podrían ser más radicalmente opuestos. Hablo de Battlefield V y este 11-11: Memories Retold, dos aproximaciones a la Guerra Mundial (a la segunda y a la primera, respectivamente) que se encuentran en las antípodas la una de la otra. Sin entrar en valoraciones críticas entorno al primero, está claro que el que nos ocupa no tiene ni los medios ni el entramado empresarial para llegar a los millones de jugadores en los que sí impactará el juego de Electronic Arts. No pasa nada, es normal y el pan de cada día en la industria del videojuego, tan marcada por la dicotomía entre lo mainstream y lo indie.

Y lo cierto es que 11-11: Memories Retold tampoco es un juego puramente independiente. Tiene detrás a Bandai Namco, y el motor creativo no es otro que Aardman Studios, la justamente reputada productora británica de cine animado, padres de Wallace y Gromit. Pero en cualquier caso reúne las inquietudes artísticas y la voluntad autoral propia de los enfoques más personales de la narrativa interactiva. Especialmente lo primero, puesto que si algo impacta de entrada en la propuesta de Aardman (también la francesa Digixart está implicada) es su apuesta por una estética impresionista de aires marcadamente pictóricos, con un estilo puntillista de pinceladas vivas, expresivas y de colores cálidos. Ya es una declaración de intenciones y aunque no tiene un impacto real en el gameplay sí se posiciona muy claramente a nivel formal. El resultado de ello es un juego muy particular, de una belleza que roza el kitsch sin alcanzarlo, un movimiento arriesgado que permite una especie de inmersión en un mundo casi onírico.

Pero el argumento está enraizado en el conflicto real (tanto es así que el juego tiene una vena divulgadora, permitiendo acceder a bits informativos entorno a la Primera Gran Guerra) y aunque obvia la espectacularidad de las grandes producciones no pretende dulcificarlo. Al contrario, el reflejo que da de la guerra es el de un lugar desolado, poblado por almas en pena enviadas al matadero, hombres que sólo quieren regresar a casa junto a sus familias, cohabitando en trincheras infectadas por la muerte y la desesperación. A ambos frentes llegan los dos protagonistas de la historia: un fotógrafo canadiense enrolado a mayor gloria de la difusión informativa patriótica y un obrero alemán dispuesto a encontrar a su hijo desaparecido en combate. Las mecánicas, basadas en exploración y observación del entorno y con poca interacción real, van en paralelo hasta que ambos personajes, obviamente, se cruzan. En ese momento el juego establece un diálogo entre ellos basado en la cooperación, el entendimiento mutuo y la solidaridad, y todo lo que hasta el momento podía haber supuesto un gameplay discreto se dispara, mostrando todas las cartas de la emotividad.

Porque eso es en esencia este juego. Una historia emocionantísima donde lo que importa es lo que se cuenta y cómo se muestra. No tanto cómo se juega. Pero ello no quita que resulte en un viaje interesante al corazón de las tinieblas y al lado luminoso del entendimiento humano. Un juego modesto pero que se las arregla para tener una factura impecable, bien interpretado (Elijah Wood es uno de sus principales promotores) y, especialmente, maravillosamente escrito. Capaz de llegar a casi todo el mundo sin dejarse sobornar respecto a su contenido y su continente. Muy interesante.